Cuando el Cortijo era cortijo y servía a los centros asistenciales los productos cultivados y alimentos producidos, y no una reserva de suelo abandonada, recorríamos en bici todo su perímetro.
Por la «gañania» cuesta abajo íbamos hacia las zahurdas y el abrevadero. Allí se unía el camino antiguo de la Fuente del Rey Don Pelayo con este nuevo que unía todos los edificios ganaderos y de personal.
El abrevadero tenía siempre un hilito de agua corriente a su lado. Alguna filtración que provenía de la hondonada vieja. Allí donde cogíamos cabezones y ensayábamos haciendo balsas para cruzar la charca invernal.
Este lugar tenía un toque bucólico, verdeaba incluso en verano. El agua era tan clara que alguna vez bebimos de ese arroyito que fluía.
Ese camino llaneaba y después subía por detrás del Cortijo viejo, dejaba a un lado el campo de los capataces y se dirigía hacia la ermita y hacia San Esteban cruzando entre chumberas para llegar a un eucaliptal cerca de Los Bermejales.
El paisaje del Cortijo siempre sufrió las decisiones lejanas de Diputación. Una mutación hacia lo racionalmente absurdo que acabará con lo que queda. Pero jamás podrán arrancarnos lo vivido. No es consuelo, es de donde parte la fuerza para señalar las agresiones al paisaje.
J. Nieto. Centenario de Bellavista 1925-2025