Cuando Juana Boza y su hija Consuelo Morales llegan al barrio, Juana comienza a trabajar en el Cortijo de Cuarto con una zoleta y no había hombre que le siguiera el ritmo; por ello la destinaron sola a San Esteban, antiguo caserío de los Miuras. Más tarde entró en Trueba y Pardo, de nuevo en un almacén de aceitunas, y finalmente en el pabellón de Oficiales del Cuartel de Caballería. Allí arreglaba, entre otros, el dormitorio del futuro médico de Bellavista, D. Juan Muñoz Escamilla, entonces alférez y que más tarde continuó como teniente médico del Cuartel de Caballería Alfonso XIII. Hizo compatible su servicio en el ejército con consultas privadas en el barrio, hasta que tomó plaza de pediatra en el consultorio de la Seguridad Social. Sería recordado por su entrega humana y médica, y por sus principios sociales.

Allí residía la mujer del conserje del pabellón de oficiales, Paquita la modista, que acoge como aprendiza a Consuelo. Después de dos años con la maestra, Paquita dijo a Juana: “Tu hija ha aprendido todo lo que puedo enseñarle, es hora de que ejerza el oficio y gane para sus cosas”.
Mientras esto ocurría Juana Boza, con 54 años, había comprado una parcela que hacía esquina de Mesones con Caldereros a Filomena Murube Martín, heredera de la parte de Bellavista que iba desde la Plaza de las Cadenas hasta la calle Paloma. Los tratos los hacía su marido, José Figueroa Cáceres, quien al mismo tiempo llevaba el cobro de los aplazamientos de compra de los terrenos.
Si miramos el tejido urbano de esta zona de Bellavista se observa que fue altamente reparcelado y dividido. Máxime cuando este matrimonio no presentó ningún plan urbano en el Ayuntamiento de Dos Hermanas. De la primitiva parcela de Juana se segregan dos: la de los Cortés y la de los Lombardo, ambos familia.
Durante los años 1950 a 1952, Juana, con mucho trabajo y alguna ayuda, edifica la casa y realiza un pozo para surtirse de agua. Con 16 años Consuelo ya vive en su casa, la misma que mantiene hoy. El barrio entonces era un diseminado de viviendas con grandes claros y algunas lagunas, como la que ocupaba la parcela del actual Mercado de Abastos.

Cuenta Consuelo que la calle Mesones era ancha, pues los vecinos construían en el fondo de la parcela un primer habitáculo, y que, como había muchos claros, podían vislumbrarse las chumberas del final del barrio que limitaba con la Finca del Castillito, que después sería Los Naranjitos.
Pero volvamos a hilvanar este relato. Aunque Juana opuso resistencia, Paquita la convenció y se presentó ante Manolo el sastre, que entonces tenía la sastrería en la calle Borja: —Aquí te traigo a Chelo, que sabe hacer de todo y tiene buen pulso. —Pero mujer, si ya tengo el taller repleto.

Salieron y, a mitad de calle, Manolo les dijo: «Empieza mañana, 2 pesetas al día». Cuando fue a pagarle, Manolo, reconociendo que tenía oficio, le subió el sueldo a 5 pesetas diarias. En poco tiempo Chelo asciende a oficiala mayor, posición que mantuvo mientras cosió para Manolo.
Una vez valorada en el taller, ella y una compañera trabajaban en su casa durante la noche para acabar prendas que entregaban terminadas por la mañana, por las que recibían 20 pesetas a repartir.
«Qué diferencia —dice Consuelo—, yo con 17 años podía ganar 15 pesetas en un día haciendo lo que me gustaba, y mi madre, clavando las rodillas, ganaba 7,5 pesetas en el cuartel».


