En el relato de Chelo, la historia de Manolo llena un espacio vital. La historia de Manolo tiene un tinte trágico. Cuando vino a hacer la mili al cuartel de Caballería, su padre le prohibió volver a su hogar. Él había aprendido de su madre a ser modisto, y esa inclinación manifiesta en el género que expresaba en su vida no tenía cabida en la ideología de su padre, fiel a los principios de posguerra. Así que empezó cosiendo en el cuartel. Cuenta Chelo que frente al cuartel, entre lo que hoy es la gasolinera y la Ford, había varios edificios: una fonda, una venta y un chalecito.

La fonda que llamaban de «la Abuela» tenía una máquina de coser, y allí se refugiaba Manolo para hacer sus trabajos. Cumplido el servicio militar, monta su propio taller en la calle Borja, frente a la panadería de Manuel Salces, que fabricaba chuscos para los cuarteles y pan para el barrio.
Buscando más espacio, trasladó su taller a la calle Principal (Almirante Argandoña), donde se mantuvo hasta el final de sus días.
El barrio tenía dos paseos preferidos en las tardes soleadas de invierno o en los atardeceres de verano. La carretera vieja, Avda. de Jerez, desde la Venta de la Salud nueva, frente a los Amarillos, hasta la Venta Antequera; y la carretera del cortijo de Cuarto, flanqueada de eucaliptos con la rosaleda de la escuela de Peritos.
Las jóvenes, en los años 50, paseaban en grupos de amigas, y en esos momentos se acercaban los mozos a entablar conversación. Muy joven, Santiago se acercó a Consuelo y nació un amor para toda la vida: él con 17 años y ella con 15. Muy pronto formalizaron su noviazgo.
Consuelo, según los cánones del momento, era una joven afortunada: tenía un trabajo que le daba estima personal e ingresos para ayudar a la familia, un domicilio propio y un hombre con el que soñaba el futuro.
Santiago Sánchez López era hijo de un preso del canal que había conseguido su libertad en 1948, José María Sánchez Hornos, apresado en Iznatoraf (Jaén) en 1940 e incorporado al campo de trabajos forzados de Los Merinales en 1943. Santiago vino a trabajar al canal llamado por su padre, quien, una vez liberado, siguió prestando servicio en la obra faraónica.

Dice Consuelo que su suegro era una persona agradable y educada, y que en Bellavista no había grandes prejuicios sobre las personas que se hacían residentes una vez liberadas del canal, pero sí mucho silencio. Consuelo fue aceptada y querida en su nueva familia desde el primer momento. Su suegro estaba orgulloso de ella; le hizo un traje con algo más que tela: puntadas de cariño y pespuntes de admiración.
Después de unos años de noviazgo, contraen matrimonio en 1959, época en que el barrio, ya por exceso de población, se había convertido en un espacio insalubre a causa del abandono municipal. En ese tiempo, 1957, una comisión de vecinos, de presos liberados y de personal de la Diputación hicieron un trabajo excelente pidiendo el abastecimiento de agua, luz, alcantarillado y pavimentación. Pero esas mejoras llegarían más tarde.
La boda la ofició Don Marcial Bustillo en la iglesia del Sagrado Corazón de Bellavista, en un barrio por el que corrían caños de suciedad por el centro de las calles. En esos años, la calle más densamente poblada era Caldereros y donde más niños había por metro cuadrado.
Consuelo y Santiago engendran tres hijos: José María (1960), Manuel (1962) y Juana María (1966).
Ni que decir tiene que Consuelo realizó el traje de novio de Santiago, de su suegro y de su cuñado José María. En cambio, su traje lo hicieron sus compañeras de trabajo y Manolo. Ella, como era tradición y en cierto modo una superstición, no podía elaborar su propio traje nupcial. Sus hijos fueron una corona y un motivo por el que se esforzó el matrimonio para que recibieran una buena educación.
Nos relata Consuelo que un día llamó a Manolo por teléfono, pues nunca le dejó solo y fue como su recurso en los momentos de dificultad: —Consuelito, ven, estoy fatal. —
Consuelo y su marido fueron a su casa en la calle Principal. Estaba desfallecido. —Santiago, ve a buscar un taxi mientras arreglo a Manolo. —
Lo ingresaron en el Hospital de Valme a finales de 1994 y allí pasó a mejor vida. Por deseo propio, la familia a la que Consuelo avisó lo trasladó para su entierro a La Carolina, pueblo del que fue desterrado por su propio padre.
Consuelo fue despidiendo a sus seres queridos y hoy, a sus 90 años, con pleno sentido, nos ha ofrecido las imágenes de su vida. Una vida que vive el sosiego de haber construido un futuro para los suyos entre puntadas y costuras.
J. Nieto Centenario de Bellavista 1925-2025




